El estrés (del griego stringere, que significa «apretar») es una reacción fisiológica del organismo en el que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada.

La situación fisiológica que hoy conocemos como estrés fue definida en 1936 por Robert Selye, como Síndrome de Adaptación General (SAG). Existen una serie de actividades, situaciones, sustancias, etc. nocivas o peligrosas para nuestro organismo, y que desencadenan señales de alarma, de defensa o de huída en nuestro cerebro. Los estímulos sensoriales se reciben en una zona del cerebro denominada tálamo. El tálamo está conectado con la amígdala, una especie de central de emergencias del cerebro, y juntos deciden si el estímulo es peligroso. En ese caso la estimulación nerviosa se transmite al hipotálamo, que estimula la glándula hipófisis que secretará la hormona adrenocorticoide o corticotropina (ACTH), la cual actuará sobre las glándulas suprarrenales que fabricará y secretará la adrenalina que prepara de inmediato al cuerpo para la huída, la defensa o la lucha, permitiendo un aporte extra de energía, concentración, atención y rapidez de pensamiento y acción. Una vez pasada esta fase de alarma, que no puede mantenerse mucho tiempo, el organismo decide si debe volver a la normalidad o seguir activado. En este segundo caso se secretan los corticoides, hormonas con una potente y variada capacidad de acción que actuarán en todos los niveles del organismo donde sea necesario combatir los efectos del estrés.

El cortisol mantendrá al cuerpo activado el tiempo necesario, en respuesta a la situación estresante. Ello nos permite percibir mejor y con mayor rapidez la situación, seleccionar la conducta más adaptativa y llevarla a término de la forma más rápida, adecuada e intensa posible. El inconveniente de este extraordinario mecanismo de adaptación es que genera un importante desgaste del organismo y un alto consumo de energía, por lo que es necesario desarrollar unos recursos y un periodo de recuperación del que no siempre somos conscientes ni lo llevamos a cabo.

La vida actual, al crisis, los problemas laborales, hacen que aumente nuestro estrés diario, lo cual tiene implicaciones variadas. Por un lado están todas las alteraciones fisiológicas (tensión arterial alta, dolor muscular, sudoración, calvicie), y por otro están las complicaciones de orden emocional (ansiedad, miedo, ira, depresión), conductual (agresión, irritabilidad, llanto, aprensión), y cognitivo ( pensamientos negativos, autocrítica). Vivir bajo estrés implica, además de un deterioro físico, un deterioro psicológico y relacional. Por ello es preciso aprender a controlar el estrés.

Técnicas antiestrés

El término control de estrés hace referencia a un conjunto de técnicas que tienen la finalidad de equipar a una persona de mecanismos eficaces para afrontar el estrés.

Aquí te explicamos algunas técnicas básicas de control del estrés:

Respiración profunda:

  • Inspira profundamente mientras cuentas mentalmente hasta 4
  • Mantén la respiración mientras cuentas mentalmente hasta 4
  • Expira lentamente mientras cuentas hasta 8

Control del pensamiento negativo:

Cuando comiences a encontrarte alterado, presta atención a tus pensamientos e identifica aquellos con connotaciones negativas. Repite para ti mismo “Basta” y sustituye esos pensamientos por otros positivos

Aquí tienes un ejemplo de como convertir un pensamiento negativo en otro positivo.

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Relajación muscular:

Siéntate o tumbate tranquila y cómodamente. Cierra los ojos. Relaja lentamente todos los músculos del cuerpo, empezando con los dedos de los pies, tobillos, piernas… y haz lo mismo con el resto del cuerpo hasta llegar a los músculos del cuello y la cabeza. Cuando todos tus músculos estén relajados, imagínate en un lugar que te inspire paz y tranquilidad (por ejemplo un atardecer en una playa). Imagina que estás en ese lugar, totalmente relajado y despreocupado.

Practica este ejercicio al menos una vez al día durante 10 minutos, hasta llegar a automatizar el proceso y que puedas conseguir relajarte en pocos segundos.

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Adaptógenos

Además de estas técnicas puede venirte bien la utilización de plantas medicinales con propiedades adaptógenas, que permitan al organismo soportar o mantener un nivel de estrés muy alto o incluso excesivo durante más tiempo. Pocas plantas han demostrado tener esta capacidad y entre ellas tenemos: el Ginseng, el Eleuterococo, el Regaliz, la Brionia, la Equinácea, la Rhodiola, el Astragalus, la Albahaca y por supuesto la Ashwagandha.

El término “adaptógeno” fue creado para describir un grupo de sustancias naturales que ayudan al cuerpo humano a adaptarse a condiciones de estrés interno o externo. Son sustancias que logran que el cuerpo pueda resistir situaciones de estrés que normalmente afectarían su funcionamiento de forma negativa. El científico ruso Nicolai Lazarev acuñó el término “adaptógeno” en 1947. Por definición un adaptógeno no debe causar efectos secundarios, debe tener un efecto modulador, no puede causar adicción y debe transferir sus propiedades a quien lo ingiere. Entre 1947 y 1991 científicos rusos estudiaron miles de plantas buscando aquellas que tuvieran la propiedad de mejorar el rendimiento en circunstancias extremas (deporte, viajes espaciales…). En el ámbito de los deportes los rusos y sus aliados se destacaban como atletas y deportistas. Parte de estos méritos atléticos se debía al uso de los adaptógenos.

La cualidad de “adaptógeno” incluye diversas y variadas acciones sobre el organismo: inmunoestimulantes, anabolizantes, nootrópicas (mejora de la capacidad cognitiva cerebral), tónicas y estimulantes. Es por ello que es un término muy discutido y polémico a nivel científico. No hay duda sin embargo de que hay una serie de plantas medicinales capaces de modular distintas fases del síndrome de adaptación general o estrés, tal y como lo definió Selye. Estas plantas, como la Ashwagandha, pueden reducir reacciones de estrés en la fase de alarma o prevenir o retardar la fase de agotamiento, ofreciendo así protección frente al estrés a largo plazo.

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